lunes, 22 de febrero de 2016

Cuando la tierra ame mi cuerpo

Una vez que la tierra ame mi cuerpo
Mi cuerpo volverá a sí
Dejará el no,
El quizá si,
Y pío, pío,
renacido-re-mi.

Dejaré rodar las horas,
Mi vientre será la bañadera del sol.
Hablaré en un idioma blanco,
y la luna se sumergirá en mi voz.

Cuando la tierra ame mi cuerpo
Mi cuerpo volverá a sí.
Hoy es el hoy,
La pío pío hora de volver a mi.

Ayer me he vuelto aire,
Mañana seré reflejo de luciérnagas de luz azul.
Jamás seré los hombres.
Jamás seré.

¿Será?...

Una vez que la tierra ame mi cuerpo
Mi cuerpo volverá a si.
Abro mis pulmones y del suelo
Las raíces me raptan hacia un baile burlón.


El silencio es mío.
Por derecho, lo he ganado.
Hay un árbol magnánime,
es el líder de todos los árboles.
Todos los demás árboles se nutren para y por él
Permanezco en un fluir de minerales
que es un ritual quieto en el presente.
Suena un laúd, ruido a piedras.
Bichitos que hacen rugir al volcán.
Cuando la tierra ame mi cuerpo
Mi cuerpo será la tierra
Y cuando mi cuerpo sea la tierra
Mi cuerpo se amará. 

jueves, 4 de febrero de 2016

Yo no quiero escribirle a la luna

Mi ojo golpeó el silencio. 
Lo vi arrullando estrellas que llevaba como si se hubiesen tratado de hojas secas, en una carretilla.
Mi ojo golpeó el silencio y por primera vez me enamoró el poeta.
¡Terror! ¡Cuánta culpa! ¡Qué mustio remordimiento!
¡Detengan al tiempo! ¡Rompan todo! ¡Ayuda, loco!
Aquí hay algo inquieto.

Yo no quiero ser una de sus musas;
Ni sorber vinos baratos, ni hacerme la jipi loca, ni transformarme en caleidoscopio.
Pero ante todo, y ante nada, y ante todos, (y antes muerta)
YO-NO-QUIERO-ESCRIBIRLE-A LA LUNA.

No quiero escribirle a los libros, que apilo más de lo que leo,
Ni quiero imaginarme envuelta en hojas de Pizarnik, Storni, o Allende.
Yo quiero ser la hoja, ahí radica la diferencia.
Ansío ser el grito, la voz poética que te pica como un mosquito que querés aplastar.
Es muy fácil sentirse libre cuando uno, quietecito, reposa mirando el cielo.
Yo me muevo y las cadenas que tengo en los pies percuten y repercuten canciones.
Mis ojos revuelven el mar elíptico que es febrero,
un poco cansinos, pero seguros lo mismo.

Él,
no es otro idiota mirando hacia arriba.
Y yo, 
lo quiero en mis fauces como si fuese un lobo.

No,
quiero.
No.
debo.

Yo no escribo con caramelo,
yo ya no escribo: me hacen las letras.

Soy pimienta y efervescencia;
Calor y hormiga gigante:
Devenir y espuma. 
Yo no quiero escribirle a la luna;
Quiero ser la hoja. 

Y la hoja estaba adentro,
Y adentro de la hoja estaba el pecho golpeando.
El poeta lo sabía y sonriendo me miró.
Mi ojo golpeó el silencio y en silencio le dije lo de las fauces.
Y en silencio, él también, me respondió que yo era la hoja,
que yo no podía ser su misa,
ni musa de nadie,
que caminaba por el barrio saltando las veredas de keruza,
que escribía sobre cerveza y sobre putas,
y que él tenía todos los vinilos de Almendra. 

Odio a los poetas impávidos.
Detesto que sean tan dulces, de sus corazones me alimento
regurgito y me contento por poder escupirle con rabia
tres versos tontos a la luna:

"oh, amiga.
oh, espejo.
oh, diosa celestial ante la que se desnudan los espectros..."

¿le dirías al poeta que se deje de giladas?
que se acueste, por hoy, conmigo, que lo invito a mi covacha, 
que hace frío aun en verano, y que las cosas son más claras:
que es de mate, y a veces de vino, de colillas y guitarras
y que si quiere escuchamos Almendra,
porque con algunas cosas no soy tan irónica, 
y porque siempre me cayó bien el flaco.





La cazadora de astros-Remedios Varo