sábado, 27 de diciembre de 2014

V A C A C I O N E S

Eso que uno ansía todo el año. Eso por lo que uno continúa. Esa zanahoria a la que corremos cual perritos: Las añoradas vacaciones, holidays, férias, vakatines, jufshá, vacanzes... o lisa y llanamente: tiempo de rascarnos perseverantemente la zona genital.
Es loco: es como que una las espera las espera las espera las espera... y después cuando estás ahí, te sentís medio extraña. Como si no estuvieran tan buenas.  Como si en algún lugar de tu existencia necesitaras tener un palo en el culo, como si te sintieras melancólica por esa rutina en la que te levantás a las 7, leés hasta las 9 y aun así te quedan textos sin leer, te bañás, desayunás, te tomás el tren, en el tren te pintás porque si lo hacés en tu casa tardás más de lo debido, entrás a trabajar; sos el burro de carga de treinta y siete kilogramos de estress hasta que llegan las 5 de la tarde y volvés -cagando- a tu casa para tomarte el bondi que te permite hacer la combinación con el 44 que te deja en la facultad, ir leyendo en el colectivo hasta llegar a Caballito, pensar que no leíste un carajo, llegar a una clase de mierda que no te sirve  demasiado (por más que intente nunca voy a comprender cuál es la necesidad de tomar asistencia en las teóricas de la UBA) para llegar a tu casa a las 11 de la noche y tomarte una birra fría -si es que queda- y leer un poco más, sin olvidar preparar el material didáctico del día siguiente, hasta que el sueño te martilla la cabeza, para volver a levantarte a las 7, cargar alguna pelotudez en el pendrive, y leer cosas por la mitad hasta las nueve de la mañana, para continuar la rueda infernal. Como si tener la vida cronometrada y que ningún momento sea adecuado o ideal para (perdón por mi castellano) echarse un garco, en el medio de todo eso, te maquinás con algo -no importa qué- porque lamentablemente la rosca del marote funciona independientemente de lo que uno hace. De este modo, durante el día, te movés pensando: ¿Cómo hace la gente para tener tiempo para todo? Tendría que hacer algún tipo de actividad física. Me están creciendo las tetas. ¿Serán estas pastillas o estaré embarazada? No veo un carajo de lejos. Tengo que ir al médico. De paso le pregunto si es por las pastillas o si estoy embarazada. ¿Por qué no nos vemos nunca con mi novio? Lo extraño una banda. Qué paja, preferiría no tener novio. O tener novio pero no quererlo. Extrañar es un garrón. Me enojo porque no tenemos tiempo para vernos y no me sale decir "te extraño" con tanta naturalidad, entonces lo puteo por cualquier cosa y le hago planteos pelotudos. Quiero una birra. Quiero un faso king size. Quiero una birra de litro y un faso king size mientras escucho los pajaritos por la ventana de una casita en Claromecó acostada con el gil de mi novio que no se da cuenta de que lo extraño y piensa que soy una neurótica de mierda. No quiero ir más a terapia. ¡¡La puta que lo parió!! ¡¡Terapia!! Me olvidé que tenía que ir. Cómo roba esta hija de puta, no puede ser que aunque no vaya cobre la sesión. Si mis viejos fuesen gente un poco más normal seguro que ni siquiera habría tenido que pisar un diván.
Ok, ok, ok: puesto así, está bueno el concepto de vacaciones. Pero igualmente, creo yo, están sobrevaluadas. Las vacaciones son ese momento en el que uno piensa que va a levantarse temprano, y va a salir más, y con más gente por ahí. Son el momento para desayunarse unos mates y por fin escuchar la discografía completa de Divididos a ver qué fue lo tan grosso que estuvimos perdiéndonos todos estos años, porque Ala delta y Spaghetti del rock las escuchamos todos. Son esos días dorados en los que nos proponemos ordenar nuestras habitaciones, separando nuestra ropa por color u otra categoría, y clasificando los libros de la biblioteca por autor o género. Es el momento ideal para comprarle finalmente una funda a la viola, para componer algún tema que hable sobre lo inmundo del machismo en el transporte público... para bañar a las perras... y -quién te dice- para empezar yoga. O para pasear por La Boca, ponele. O para ir un día al Tigre a mirar canastitas de mimbre en el Puerto de Frutos. Y para comprarle pelotudeces a los jipis de la feria de Plaza Francia, obvio. Obvio pero mega obvio. 
Bueno. Muy lindo. ¿Vos querés la realidad? Mi pieza es the master of quilombos. Mis dos perras tienen un olor a culo que ni con todo el amor que les tengo es soportable. Es sábado y como estuve al pedo toda la semana no sentí ningún tipo de impulso por salir esta noche. Por el contrario, me quedé en mi casa mirando series cómicas argentinas de bajo presupuesto y comiendo helado. Tengo veinticinco años y soy absolutamente consciente de que es super deprimente mi situación. Estoy en la flor de la edad, debería querer salir, romper las cosas, tomar fernet, consumir drogas, escuchar rocanrol, y estoy escribiendo una entrada en un blog de mierda que no lee nadie mientras escucho de fondo el último capítulo de una serie en la que Liniers hace de Liniers. Patético. Una garcha a cuatro manos.


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